Experiencias pasadas

Abril 26, 2008 at 10:29 am (Murmuraciones)

No somos los mismos a través del tiempo pese a un sustrato personal e imperecedero que algunos llamamos alma. Esa es la razón por la que veo de gran interés releer experiencias escritas meses o incluso años atrás. Esta es una de ellas, quizá la primera que publico en un blog. No recuerdo.

Escribo esta experiencia días después de que haya sucedido, sin poder sacarla de mi cabeza, atormentándome de día y de noche pese a su poca importancia vital.

No sé en qué día vivo; me ayudo de un calendario para conocer la mañana, de esta misma semana, en la que Perec concluyó su tortura: martes, 3 de julio del año 2007. Fuí a la revisión del examen sin dormir, no suelo hacerlo por las noches durante las vacaciones, había sido suspendido por pocas décimas y, como mínimo, me interesaba conocer mis errores en pos de mejorarlos, si me viese en la necesidad de recuperar la asignatura.
Durante el trayecto en metro todo fue bien, me sentía despierto y lúcido, aunque llevaba ya una veintena de horas en pie, lancé discretas miradas a los quehaceres de los pasajeros del vagón: un niño, que me pareció profundamente estúpido, bromeaba proclamando falsos mensajes de anuncio que avisaban de problemas en la vía y obligaban a bajarse a los pasajeros del tren, varios cuarentones leían el periódico y algunas chicas parloteaban riendo entre ellas. Yo tenía en la mano el Drácula original, lo había estado releyendo la noche pasada, pero ahora no creo haber leído más de tres o cuatro páginas, perdido entre cruces de miradas.
Llegué con esa sensación que se arremolina a tu alrededor y empuja el tiempo hacia delante mientras esperas. Me encontraba más amodorrado y algo nervioso, incluso pensé en irme un par de veces mientras terminaban con los otros dos alumnos (un tiempo que no pasó rápido).

Ante mí el examen: un cinco. La nota era lo de menos, sabía que no podía haber sacado mucho más que un cinco, también sabía que no era muy inferior. Lo primero que pensé es que debería ser suficiente para aprobar, demostrando tus conocimientos finales en los que tanto se empeñan en basar los nuevos sistemas. Los ejercicios de gramática habían ido bien para mi nivel del idioma, el comentario, para variar, contaba con una nota ridículamente inferior que rompía toda posibilidad de sobrepasar ese cinco.
Mis ojos buscaron el mayor error que había cometido, de traducción y comentario, en el fragmento analizado de W: la mano de la discordia. Tengo la imagen mental de un niño pequeño acercando sus penas a una vieja desconocida, con una manga vacía y probablemente un cabestrillo oculto que luego se convertirían en otra experiencia traumática en clave para el autor. La maldita manga vacía me la jugó, y la falta de un diccionario con el que traducir. La realidad ha mostrado a millones de lectores a ese niño estirando a una vieja sin rostro la otra mano, su mano izquierda, la mano que no tenía sujeta a un sistema con el que soldar un hueso de su brazo derecho.

Conseguí que me subiesen una décima. No llegaba para la nota y pude imaginar como el tribunal escupía en mí y se carcajeaba de este pobre diablo que no quería sufrir de nuevo otro año como aquel, una asignatura como aquella, unas profesoras como esas. La universidad es una mierda. Te engañan y lo saben, te dejan vivir en la mentira, en tus aspiraciones estúpidas de gran conocimiento a tu alcance, tiempo para pensar, posibilidad de trabajar e incluso oportunidades. Todo el mundo debería saber que ese tiempo se utilizaría mejor intentando alcanzar directamente las metas.Es un edificio para cobardes, un colchón social, una plancha donde agarrarse si fracasan tus metas reales para no tener que trabajar en lo más bajo. Te aliena, es un molde: trabajos, exámenes, profesores… todos te adaptan a su forma de ver el mundo. El estilo de esta universidad, el estilo de aquella… basura diplomada, basura licenciada… Simples piezas idénticas de un puzzle que jamás se completará.

Mil cosas daban vueltas en mi cabeza al volver, pero la ira y tal vez cierta falta de atención que me enturbia la mente siempre en el peor momento no me dejaban pensar. Puede ser que no diese el cien por cien de mí en el examen, ni el cincuenta por ciento quizá, tengo una relación de odio que pide ser resuelta con esa obra, con ese autor, con esos recuerdos perdidos.

George Perec tuvo problemas. Era judío en tiempos del exterminio nazi, le mataron a su madre y a su padre, tuvo que refugiarse, huir, ocultarse y vivir en el desconocimiento de muchos aspectos de su infancia. Yo no, pero tampoco tengo (apenas) recuerdos de infancia, no hasta los diez años al menos, sin razón. Me he planteado cientos de veces si eso era normal, incluso he interrogado a varios de mis más allegados familiares o amigos sin respuesta real. Sin embargo, puede que sea otra excusa, otra premisa barata, un año más, con la cual estudiar, perder vida, perder meses, no encontrar nada y aprobar. Aprobar para ensamblar otra parte a esa tabla, coser otro retal a ese colchón social, que impide pensar, que impide actuar, que impide vivir.

Por otra parte sigo temiendo a mi propia W, mi isla interior, la caja de pandora que uno mismo percibe levemente día a día. Esa caja que los psicólogos y psiquiatras más ilustres no dudarían en abrir tarde o temprano, yo prefiero no hacerlo.

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